Estatua de la Libertad

La Estatua de la Libertad es uno de los iconos más reconocibles de Nueva York y, por extensión, de los Estados Unidos. (Foto: alexanderschippers, flickr)

La Estatua de la Libertad es tal vez el icono más conocido de los Estados Unidos, la imagen que representa a ese país en todo el mundo. El significado de la estatua es definido por su propio nombre, pero su estampa no sólo representa a la nación norteamericana, sino que con el tiempo se fue convirtiendo en un símbolo de la libertad para personas y pueblos oprimidos a lo largo del planeta. Es, asimismo, uno de los principales puntos turísticos de los Estados Unidos, con más de tres millones de visitantes anuales, pese a las restricciones de acceso y las largas colas para acceder.

Visitas a la estatua de la Libertad

La enorme estatua, de 46 metros de alto (93 si se tiene en cuenta el pedestal), está situada a la entrada del puerto de Nueva York, en una pequeña isla llamada, con mucha propiedad, Liberty Island. La visita al monumento es gratuita en teoría, ya que hay que pagar por el servicio de ferry que nos llevará a la isla desde Liberty State Park, en Jersey City, o Battery Park en Manhattan. Si se quiere entrar en el pedestal-museo de la estatua habrá que adquirir un billete adicional en el mismo sitio en el que se compre el pase del ferry. Hacer la visita completa, con subida a la cabeza de la estatua incluida, es más complicado: debe hacerse una reserva, que a veces tiene una lista de espera de un año, si se quieren subir las escaleras internas que llevan a la corona. La razón de tanta espera es que la subida sólo se permite a 30 personas al mismo tiempo, lo que suma un total de 240 personas diarias. Las restricciones de visita no se limitan al número, sino que incluyen fuertes medidas de seguridad, aumentadas tras los atentados del 11 de Septiembre. Al monumento sólo se podrá acceder con cámaras y medicamentos, pues las bolsas, mochilas y demás deben guardarse en unas taquillas que hay en la entrada. La excursión puede combinarse con una visita a la cercana Isla de Ellis, puerta de entrada a América para millones de inmigrantes en el pasado. Liberty Island y Ellis conforman en Monumento Nacional de la Estatua de la Libertad.

La historia de la Estatua de la Libertad bien podría aprovecharse para hacer una película. El origen del monumento está en el final de la Guerra Civil americana, en 1865. Ese año, un profesor y político francés, Édouard de Laboulaye, ideó una manera de honrar a los Estados Unidos en su centenario, que tendría lugar pocos años después: un gran monumento elaborado uniendo los esfuerzos de estadounidenses y franceses. Esto dio alas a Frédéric Balthordi, un escultor presente en la conversación, para crear una enorme estatua alegórica. La idea fue tomando forma a través de un camino insospechado: Bartholdi mantuvo conversaciones con el virrey de Egipto para construir un moderno Coloso de Rodas que conmemorara la creación del Canal de Suez. Al final el proyecto no llegó a buen puerto, pero la idea de una enorme figura humana quedó fijada en la cabeza de Bartholdi. Laboulaye y él pensaron en la imagen que querían para la idea original de una conmemoración de la república americana, y desecharon los símbolos iniciales de los Estados Unidos: la Princesa India y Columbia, la imagen femenina de América creada en imitación a Britannia y a la francesa Marianne. Finalmente se inclinaron por Libertas, la diosa romana de la libertad, que también era usada como icono en Estados Unidos (por ejemplo, en las monedas o en una estatua coronando el Capitolio).

Tras la Guerra Franco-Prusiana, con Napoléon III derrocado y una república liberal instaurada en Francia, Bartholdi viajó a los Estados Unidos portando recomendaciones de Laboulaye, para ver si recababan apoyos para la construcción de la estatua. Al entrar su barco en Nueva York vio que la isla de Bedloe, en la entrada del puerto, sería el emplazamiento ideal para su estatua. En su entrevista con el presidente americano, Ulysses S. Grant, descubrió con agrado que la isla era propiedad federal, y no de un estado en concreto. Grant afirmó a Bartholdi que si reunía dinero para la estatua, el gobierno cedería sin problemas la isla. El escultor recorrió el país de costa a costa dos veces, pero vio que aún era pronto para recabar apoyos económicos en cantidad. Dejó el proyecto en pausa y volvió a Francia, donde pasó unos años erigiendo monumentos románticos que ayudaran a los franceses a recuperar el orgullo perdido en la guerra con Prusia.

En 1875 se retomó el proyecto. En aquel momento la estatua ya estaba bien perfilada: Libertad, con una cara inspirada en la madre del artista, iría vestida con ropajes romanos, llevaría en sus manos una antorcha con la que iluminar al mundo y una tabla de la ley (con la inscripcion JULY IV MDCCLXXVI, fecha de la independencia americana), y tendría una cadena rota a sus pies. Bartholdi reunió todos sus bosquejos para presentárselos a Laboulaye, y este, recién nombrado senador vitalicio, comenzó a mover sus contactos. Creó una Unión Franco-Americana para reunir apoyos y se celebraron destacados actos, como la creación de una cantata dedicada a la futura estatua por el compositor Charles Gounod. El proyecto no quería alimentar revoluciones como las que latían en Europa, y por ello se huyó de las imágenes románticas como la de Delacroix y su Libertad guiando al pueblo; se optó más bien por una figura tranquila y solemne, de aspecto neoclásico, que se llamaría La libertad iluminando al mundo. La idea entusiasmó a los franceses: desde ciudadanos de a pie hasta empresarios interesados en el apoyo norteamericano a la construcción del futuro Canal de Panamá, se reunió una cantidad suficiente como para construir el brazo de la estatua. Con ese brazo viajó Bartholdi a Estados Unidos, para mostrarlo en la Exhibición del Centenario. El fragmento de la enorme estatua fue un éxito de público, y fue instalado en Manhattan para ayudar recaudar fondos para el pedestal. El escultor regresó a Francia para continuar con el resto del cuerpo, labor a la que se unió el innovador diseñador Alexandre Eiffel, que se encargó del armazón interior.

Un dato poco conocido: la estatua, para simbolizar el progreso, está andando, con el pie derecho en el aire. (Foto: red33_11, flickr)

Mientras la recaudación francesa iba viento en popa, no ocurría lo mismo en Estados Unidos. La crisis económica de 1873 y las críticas patriótricas a una escultura diseñada por un extranjero hicieron que los fondos aumentaran muy lentamente. Finalmente, un ingenioso truco publicitario ideado por Joseph Pulitzer salvó la situación en 1885: el periódico de Pulitzer publicaría el nombre y un comentario de cada persona que contribuyera al fondo. Los neoyorquinos, picados en su vanidad, empezaron a enviar cartas, en lo que supuso una verdadera encuesta popular: el 80% del dinero procedía de donaciones de un dólar. En pocos meses la estatua era la estrella de toda conversación, y cuando los fragmentos de Libertad llegaron en barco para ser montados en la isla de Bedloe, fueron recibidos por más de 200.000 personas enfervorecidas.

En 1886 acabó la construcción del pedestal, erigido sobre un viejo fuerte militar en forma de estrella que aún se conserva. La estructura metálica de Eiffel empezó a erigirse, y en cuanto estuvo completa se le fueron ensamblando los fragmentos de cobre. Finalmente, después de años de arduo trabajo, La Libertad iluminando al mundo fue inaugurada el 28 de octubre de 1886, con un gran desfile que recorrió las principales calles de Nueva York. Una curiosidad: al pasar por delante de la Bolsa, los empleados empezaron a lanzar tiras de papel por las ventanas a modo de celebración, iniciando una famosa tradición que llega hasta nuestros días.

La Estatua de la Libertad no tardó en conseguir su puesto como principal icono de los Estados Unidos. Desde entonces, ha sido testigo de todos los acontecimientos importantes del país. En 1916, en plena I Guerra Mundial, un grupo de saboteadores alemanes hizo explotar un polvorín lleno de munición preparada para viajar a Europa, que estaba situado en el muelle del puerto más cercano a la estatua. La explosión, equivalente a un terremoto de 5’5 grados Richter, además de matar a siete personas y romper cristales en 40 kilómetros a la redonda, dañó el brazo de la estatua que sostiene la antorcha. Después de su reparación, se decidió que no se permitirían visitas a la antorcha, y desde entonces está cerrada al público. En 1956, la isla de Bedloe pasó a ser denominada oficialmente Liberty Island.

El 11 de septiembre de 2001 provocó que la isla fuese cerrada en su totalidad. Las presiones de los neoyorquinos hicieron que el gobierno accediera a abrir tan sólo el pedestal en 2004. No fue hasta 2009 que la Administración, en lo que calificó como “un regalo especial para América”, permitió de nuevo la subida a la cabeza de la estatua, aunque con visitas limitadas a 240 personas diarias, como ya queda dicho.

Está previsto el cierre de la estatua a finales de 2011, durante un año, para la instalación de un segundo ascensor que permita una evacuación completa del monumento en caso de peligro.